Seleccionar página

El Parlamento español, como otros antes, se está dedicando a buscar explicaciones a la crisis financiera que para España estalló a partir de 2009.

Aún no han concluido las comparecencias pero en mi opinión ya se pueden sacar muchas conclusiones. La primera que sin reformas estructurales una economía no puede mantener altas tasas de crecimiento por mucho tiempo.

En palabras de Pedro Solbes ante el Congreso,”se acaba la vía de un tren que va lanzado”. La segunda es que, en un mundo de mercados financieros globales y libertad de movimientos de capitales, los tipos de interés no son suficientes para evitar los excesos, menos en una zona monetaria plurinacional, como la zona euro. Es necesario tomar medidas regulatorias sobre el crédito. Una tercera conclusión, detalladamente expuesta por Javier Arístegui, exgobernador del Banco de España durante la crisis, es preguntarse cuándo hay que poner dinero público en una crisis financiera, si al principio o al final.

Está claro que si se pone al final hay que poner más, pero generalmente lo hace otro Gobierno. Es cierto que todos los cambios regulatorios originados desde la crisis tienen la intención hacer más difícil que la siguiente requiera dinero público. Seguro además que habrá otras conclusiones, que conoceremos en su día. Como es inevitable en este tipo de comisiones sobre el pasado, su utilidad parece más orientada a asignar responsabilidades, incluso culpabilidades, pero a lo mejor la pregunta que se queda sin respuesta es: ¿dónde está la próxima burbuja?

Es legítimo pensar que las burbujas, como el crecimiento continuado, son consecuencia del capitalismo. Pocas burbujas hubo antes de la revolución industrial, pero tampoco el nivel de vida cambiaba mucho entre generaciones. Por el contrario, en 2017 el valor del mercado financiero norteamericano volvió a superar en tres veces y media el tamaño de la economía real, cifra que no había conseguido desde 2007, el año del comienzo de la crisis en el país.

Valor y burbujas van asociados, pero no son desde luego lo mismo. Las burbujas suponen unos valores insostenibles, incluso ficticios, muy ligados a expectativas irreales de beneficios sobre un bien. La financiación juega un papel crucial en la creación de burbujas: dinero abundante y barato. No todas las burbujas al explotar provocan recesiones y menos aún depresiones. Como por ejemplo en la burbuja tecnológica de 2002 (dot com).

En la macroeconomía moderna, las autoridades tienen instrumentos muy poderosos para reaccionar ante su explosión. Lo que está menos claro es si pueden, o saben, evitarlas. Nada más que Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal de EEUU, sostenía que el “pincharlas” (leaning against the wind) era más costoso que dejarlas explotar. Parte de su argumento era la dificultad de identificar el momento de intervenir, cuando en todo caso solo podría hacerse produciendo una recesión generalizada.

La dificultad de identificar cuándo atajar las burbujas la podemos apreciar ahora mismo. La deuda pública de los países industrializados ha sido la gran beneficiaria de las compras masivas por parte de los bancos centrales, más de ocho billones en conjunto. Los bonos europeos a menos de dos años tienen tipos de interés negativos; lo mismo y más agudizado sucede en Japón o en Suiza. La deuda de todos los países euro a dos años, incluida la griega, paga tipos inferiores a la de EEUU, la primera potencia en todos los órdenes del mundo; la deuda argentina a 100 años se vende ampliamente sobresuscrita; la deuda europea considerada basura tiene un interés del 6%; todos los activos (acciones y bonos) están caros en términos históricos.

¿Estamos ante una gran distorsión como consecuencia de la expansión monetaria? Sin duda es así; pero además los precios tan históricamente altos pueden ser, son, una burbuja, la más grande que ha existido. John Authers, columnista de Financial Times, aconseja a sus lectores que disfruten del boom bursátil, pero con un ojo puesto en los bonos. ¿Pero podría no explotar? Sí podría. Dependerá sobre todo del ritmo de retirada de estímulos por parte de los bancos centrales. El mercado cree hoy que este será lento, no más de 30 puntos básicos al año en los tipos a corto plazo, según el hedgefund Bridgewater.

Desde luego todo lo contrario de lo que hay que hacer para atajar una burbuja, una vez más le damos la razón a Greenspan con los hechos: nadie quiere tener la responsabilidad de pincharla. El consenso optimista sobre el futuro es casi total, por lo que el error podría ser mayúsculo, mucho mayor que en la crisis de la que acabamos de salir. Inflación, salarios y empleo, materias primas desde luego como el petróleo, serán factores a tener muy en cuenta. Pero hay elementos para ser optimista, pensar que el mundo ha entrado en una nueva fase de crecimiento: el comercio crece más que la economía, luego no todo es efecto financiero; la inversión real ha vuelto a todo tipo de países. Y al fin se aprecian crecimientos de salarios además de creación de empleo, en los países industriales.

Pero esto es lo obvio. Sin embargo las crisis por definición tienen un alto componente de inesperado, impredecible, que es lo que las hace dañinas. Además hay sin duda derivas ideológicas contra el capitalismo, la globalización. La crisis anterior puso en evidencia que los mercados no son eficientes, al menos no todo el tiempo. La subsiguiente reacción regulatoria ha sido el sueño de cualquier estatista: el Estado controla completamente el sector financiero, o cree que lo hace.

El simple acto de abrir una cuenta bancaria ha dejado de ser automático e inmediato. Prueben a hacerlo en un país donde no residan. Sin embargo este triunfo del intervencionismo no ha dado paso a un auge de la izquierda política, más bien al contrario. Las elecciones recientes en los países industriales están siendo ganadas por partidos conservadores o liberales.

El crecimiento del llamado populismo ha coincidido con esta crisis, aunque en muchos países tiene más elementos antinmigración que económicos. No así el debate sobre la desigualdad, que también ha entrado en liza, aunque aquí tampoco la izquierda política ha sido capaz de ganar adeptos. Al contrario, es como si sus votantes les vieran como incapaces de generar el crecimiento que necesita la igualdad atractiva. La propia salida de la crisis a base del Estado comprando deuda pública, con efectos muy beneficiosos para deudores y accionistas, ha contribuido a remunerar más el capital que el trabajo, sin que sindicatos de clase o partidos de izquierdas hayan transmitido que tenían una alternativa. Las burbujas crecen a nuestro alrededor, gustan cuando están creciendo, pero si explotan todos nos quejamos. Si la actual no explota la siguiente lo hará.